Eva Barro García

La serpiente había sido hecha por Yavé con dos características sobresalientes: la belleza de su piel, repujada de escamas de colores vivos, y la astucia. Sabía que no era lo suficientemente lista para llegar a comprender los designios divinos pero sí le llegaba la inteligencia para reconocer a los humanos como superiores a ella y tal vez sus aliados en el futuro en contra del Dominador Supremo. Enroscada, calentándose al sol, discurría:  “ella es más curiosa, más despierta también, más decidida, qué duda cabe, no hay más que ver cómo mira a su alrededor y se queda pensativa a veces, mientras el tarugo de él, en cuanto tiene satisfecho su estómago y su rabo, se tumba a dormitar; lo intentaré con ella, las probabilidades de éxito serán mayores…”  Se desperezó, una vez que su sangre alcanzó la temperatura adecuada, y buscó a Eva.

—El día que comáis de este fruto se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.

—¡Qué voz tan dulce tienes hoy, serpiente! ¿Es el sol quien que te la cambia? A lo mejor tengo que imitarte.

—Hay muchas cosas que podrías saber, Evita, pero no es esa clase de luz la que necesitas tú. Mira al árbol del centro del jardín, que hermoso luce.

—Cierto, los frutos rojizos entre el ramaje verde producen una estampa preciosa.

—Los que brillan son los más jugosos, los más dulces.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo supongo. Yo sólo puedo suponer, querida, no alcanzo a coger uno y probarlo, tampoco tengo manos para hacerlo. De lo que estoy segura es de sus efectos, se lo oí comentar a Dios una tarde que se perdió por aquí.

—¿Efectos?

—Ya te lo he dicho hace un momentito, pon más atención a mis palabras, mujer. Si te lo comes, serás como Él.

—¿Cómo Adán? No, gracias. Lleva ya dos días dándole vueltas a una cosa redonda, empeñado en empujarla con el pie para meterla entre dos palos desde lejos. Nunca había visto nada más incomprensible.

—De eso se trata, hija, de eso. Tú come, y así comprenderás. Y a lo mejor a tu amigo también le conviene, le será más fácil inventar el fútbol y sus reglas.

—¿Y dices que se me abrirán los ojos? Abiertos los tengo…

—Los del alma, Eva, que pareces tonta. Claro, como todavía no has probado… Decídete, chica. ¿No te apetece ser una diosa?

Meditó la mujer contemplando el árbol prohibido: “buena pinta tienen, desde luego, dulces y sabrosos han de ser, y si ésta tiene algo de razón y soy capaz de vislumbrar lo que le pasa por la cabeza a ese… claro que lo más interesante sería saber lo que piensa Yavé, eso sí que sería estupendo; útil, sobre todo me será útil…”  Y si pararse a pensarlo más,  tomó uno de los frutos, el más apetitoso, y comprobó que realmente era delicioso, ni siquiera tenía hueso, ni molestas pepitas. Adán se acercaba, dándole vueltas en las manos a una esfera. Saludó sin mirar, sabía que era Eva la que andaba cerca, quien si no iba a estar en su jardín.

—¡Ah, estas ahí! Toma, están muy buenos. Ya te lo he lavado.

Sin levantar la vista del artilugio, al que dejaba caer al suelo y volvía a recoger, insatisfecho porque no rebotaba adecuadamente, cogió el alimento que le ofrecía su mujer y le engulló sin ni siquiera observarlo.

—¿Te gusta?

—No está mal.

—Es algo nuevo, ¿no notas que es distinto?

—Sí bueno, ya te dije que vale. No me molestes, que tengo cosas muy importantes en que pensar ¿vale?

Eva se volvió molesta, estaba empezando a hartarse de que su compañero se enfrascase en cualquier absurdo y empezó a darse cuenta que lo único que esperaba de ella era obtener ciertas satisfacciones físicas. Le miró de otra forma, le percibió diferente a como le venía viendo hasta entonces, le pareció totalmente ridículo y se sintió también ella fuera de lugar, haciéndole caso a aquel botarate que jamás se paraba a escucharla, que era incapaz de sentarse a su lado para que ella le dijera cuánto placer le producían las hermosas puestas de sol. No dio crédito a sus oídos cuando le oyó mascullar para sí mismo, después de que aquel juguete, lanzado con fuerza contra un tronco, se revolviera y le golpeara en la entrepierna: “cómo no se me había ocurrido antes, hay que protegerse aquí, que doler, duele”. Él miró a su alrededor, encontraron sus ojos una higuera, y se fue directo a ella, a cortarle varias hojas con las que hacerse unos calzones cortos. Pensó Eva que, cubiertas aquellas partes, estaba más presentable el hombre y se le ocurrió que también podría ella confeccionarse un vestido. Mientras que se acercaba a la sufrida higuera, se le ocurrieron varias formas de combinar las hojas, no tardó de diseñarse tres o cuatro modelos diferentes.

 

El rumor de los pasos de Yavé era violento, más parecido a un viento fuerte que al susurro de un paseo. Tenía la desgracia de saberlo todo y así andaba de enfurecido. ¿Qué iba a hacer ahora con aquellos personajillos que habían osado retarle? “Si me hago el tonto, a poco que me descuide me destronan; si me doy por enterado, tengo que castigarlos por una idiotez como comerse una fruta… ¡mierda de humanos!”

—¡Adán! ¿Te escondes de Mí?

—¡Señor! Es que me estaba haciendo…

—¡¿Qué es esa especie de cinturón que te has puesto?!

—Tengo que taparme esto, no es adecuado llevarlo así, al aire, sin protección.

—¿Y quién te dijo que necesitabas pelarme las higueras? ¡¿Es que has comido del árbol que te prohibí?!

—No sé… la mujer me dio algo, sí. Estaba bueno y me lo comí.

—¿Y tú? ¿Qué es lo que has hecho? ¿También la has tomado con la pobre higuera? ¡¿También has comido de allí?!

—Me lo dijo la serpiente.

—¡¡Pero yo os lo había prohibido!!

—No me acordaba de eso, Señor, la serpiente me engañó, hizo que lo olvidara.

¡De esta os acordáis! ¡Juro que os acordaréis! ¡Que no puedo perderos de vista ni un minuto…! ¿Para qué quiero yo seres que a la mínima me desobedecen? De momento, tú, con esa bicha, puedes hacer lo que se te antoje ¡Y enseguida os mando a alguien que os diga por dónde se sale de aquí!

Mientras que el arcángel recibía la orden y se procuraba la espada de fuego, a Eva le dio tiempo de despellejar a la serpiente para hacerse un bolso y unas sandalias a juego. Adán sólo se llevó del Paraíso la bola, las hojas de higuera y un rencor sordo contra su mujer, a la que eternamente culpó de todas las desgracias que le sobrevinieran, incapaz de asumir su propia sandez.

Yavé se sentó en una nube mullida a contemplar cómo sus criaturas se dirigían al exilio: “los  primeros siete días, bien, son dignos de figurar en la Historia, pero creo que acabo de engendrar el machismo y no sé…”  Se acomodó la túnica, uno de cuyos pliegues le hacía daño en el muslo izquierdo y se dio cuenta de que Adán le había salido, físicamente, un poco más fuerte que la mujer, y supo que él también lo notaría, y vislumbró cómo iba a aprovecharse de aquella misérrima ventaja de manera infame. Sintió miedo. “Habrá que arreglar esto, algo habrá que hacer”.  Y bien acomodado, sin preocuparse del tiempo,  se quedó pensando…

La autora tiene cuatro libros publicados y este relato ha sido MENCIÓN ESPECIAL en el Certamen de Relatos Cortos Fundación Villa de Pedraza (Segovia) – Octubre 2011 y PRIMER PREMIO EN EL Concurso de Relatos Breves “Igualdad entre mujeres y hombres” Medina del Campo (Valladolid) – Marzo 2012

Photo by Carlos Alberto Gómez Iñiguez on Unsplash

 

 

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