Sol Pérez Muñoz

Me alegraría que a la llegada de esta carta te sintieras todo lo sola que te mereces, y que estés para siempre en el olvido de todos/as.

En primer lugar te diré que te escribo esta carta desde la fría celda a la que me has empujado, para decirte que nuestra relación ha terminado. Sumida en una tremenda soledad, desmenuzo los retales de mi vida consagrada a ti, y lloro como una niña desconsolada, sin alma y sin ganas de vivir. No te echo de menos, he decidido volar alto sin tu compañía.

No quiero volver a caer ¿sabes? Me he preguntado si merece la pena la relación de ama-sumisa que he llevado junto a ti, y tengo que confesarte que esta pregunta me ha hecho ver realmente quién y cómo eres, todo miseria. Eres la muerte disfrazada, el mazo que golpea mi conciencia. Eres el gusano que se esconde en lo más recóndito de mi mente, para así, dificultar tu salida. Eres el escenario de mis desilusiones. El enclave de mi muerte interior inevitable. La coreografía de un baile de muertos que danzan sin rostro, todos por un camino de tinieblas donde no dejas esperanzas de
vida.

Eres la titiritera de mi alma, que manejas a tu antojo. Alma que empujas a la humillación; la que hace que camine de rodillas por una pendiente que cada vez se pronuncia más y más… Eres la llave que cierra las puertas de mi libertad. La culpable de sembrar la discordia en mi familia, la responsable de haber envejecido y dejar seca de lágrimas a mi madre.

Serías la culpable de que mi hija (si la tuviese) no me reconociera y se avergonzase de mí. Me arrebataste al hombre que amaba, con el que iba a compartir mi vida. Te lo llevaste, lo arrancaste de mí, me hiciste ver cómo mis amigos/as morían en mis brazos, pensando que tú eras su amiga. Se refugiaban y confiaban en ti. Por ti perdí mi casa, mi trabajo, la dignidad de una persona para sentirse persona. Casi pierdo a mi familia y la salud, y faltó poco para que me quitases la vida…

La culpable de que recorra todas las noches la celda de un lado a otro como una pantera enjaulada y hable como las locas, y la mayoría de las veces no salga de mi autismo, por temor a que conozcan lo que has hecho de mi persona. O, tal vez, por no conocerme a mí misma, sí, autista, dando millones de vueltas en un patio de diminutas dimensiones, de ladrillo y hormigón, año tras año.

¿Crees en serio que seguiré a tu lado? ¿Crees que no soy capaz de vivir sin ti, y dejar que sigas destruyéndome? ¿Crees que hay un solo motivo para seguir contigo de veras? ¡No, no vale la pena! Has jugado siempre a engañarme, serena, confiada, creías que no llegaría este día. Sé que te reirás cuando leas esto; te conozco bien. Pensarás que como me has dejado sin amigos/as volveré a ti.

¡Devuélveme mi alma y déjame en paz! He decidido enfrentarme a ti, y ahora es cuando te he visto la cara. Aunque eres desagradable,
me agrada para que veas lo que eres. Te miro fijamente a los ojos y te planto cara. ¿Qué veo? Que se te cae el disfraz que durante tantos años has utilizado conmigo. Me he dado cuenta de qué arma he de emplear contigo, y no es otra que la indiferencia…

Ya me voy a despedir, no sin antes decirte que ojalá esta carta se publique, y que haga ver a personas como yo qué arma es la que te hace daño en realidad; por desgracia, nunca tanto daño como el que tú siembras en todo el mundo. No eres amor, sólo destrucción.

Te llamas “drogas” y eres la peor. Es por todo esto que ahí te quedas. Es por esto que me despido como nunca lo he hecho en otra carta. Sin besos, sin abrazos, y deseando que te pudras en el infierno.

¡Hasta nunca!

[De su libro Profundo]

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