Marta Valero

Lo más duro fue despedirme de mamá. El momento en que ella, con lágrimas en los ojos, me susurró: “él te necesita”. Palabras que, por primera vez, comprendí.

Solía salir a pasear con mamá a través de lo que, en un principio, no era para mí más que un revoltijo de olores que se confundían (porque mamá no me dejaba pararme a inspeccionar), ruidos estruendosos que camuflaban otros extremadamente suaves, y luces brillantes que parpadeaban sin patrón descifrable alguno.

La gente me miraba y cuchicheaba, pero yo no era capaz de entender lo que decían. Tenían en su mirada una luz diferente a la que adoptaban cuando me apartaban la mirada, y eso me gustaba. Me hacía sentir especial.

Sin embargo, cada vez que alguno se acercaba a decirme esas cosas bonitas (o al menos creo que eran bonitas), mamá les espantaba, les decía cuatro cosas (probablemente “les cantaba las cuarenta”, que debe ser alguna canción),  y ellos asentían con la cabeza y se iban. Por alguna razón, yo no tenía derecho a las palabras dulces.

Pero aunque siempre me negara el gran placer que supone una caricia, mamá era como un enorme plato de comida, o una pelota de tenis, o cualquier otra cosa maravillosa del mundo.

Gracias a mamá pude desentramar todos los secretos que el revoltijo tenía preparados para mí.

Me enseñó qué hacer cuando ese pequeño señor brillante en lo alto de un palo metálico se echaba a caminar cantando, y por qué cuando se detenía dejaba de cantar para dejar paso al rugido de aquellos enormes perros de latón.

Me ayudó a no distraerme nunca, y me instó a no degustar los millones de delicatessen que el suelo tenía preparados para mí y que por lo visto “un día me iban a matar”.

Aprendí que sólo debía utilizar el camino reservado para los perros de latón por esa zona de rayas más claras, y que parece ser de mal gusto saludar efusivamente a todos aquéllos que me caen bien.

Para sobrevivir en el revoltijo hay que hacer un montón de cosas absurdas.

Cada día me iba a dormir sabiendo algo nuevo sobre aquella locura que, poco a poco, dejaba de serlo.

Y yo, por aquel entonces, no comprendía por qué tenía que aprender todo aquello. Con mamá a mi lado, nada malo podía pasarme.

Después, mamá se fue.

No lo entendía. Sabía que ella me quería. ¿Por qué se iba, si se iba llorando? ¿No hubiera sido más fácil quedarse y sonreír?

Pero mamá era así, no siempre le gustaban las cosas fáciles. Sé que a veces hacía cosas difíciles si eran buenas para los demás y, aún así, no entendía qué podía tener de bueno irse.

Con cada paso que ella daba, me sentía más solo. Mi mente daba vueltas: ¿había hecho algo mal? ¿No había aprendido lo suficiente?

Aullaba, ladraba, me desesperaba, y, con todo, mamá no se dio la vuelta. Sabía que quería darse la vuelta y volver a por mí, y yo era incapaz de entender por qué hocicos no lo hacía.

No lo entendí hasta que le conocí. A papá. Mamá me lo había dicho: él me necesitaba.

La primera vez fue diferente. No me miró a los ojos, como mamá había hecho en su día. En realidad lo hizo, pero no me vio.

Y sin embargo, todo en él, cada gesto, su sonrisa, sus olores, todo me transmitía lo mismo que en su día había significado aquella mirada.

No me vio, pero no hacía falta.

Y yo me fui con él entonces, y nunca he vuelto a sentirme solo.

 

Pasear con papá siempre es diferente a como lo era con mamá.

De alguna manera, es como si se hubieran cambiado los papeles. Yo voy más seguro a su lado, pero sé que en cierto modo él también camina tranquilo si estoy con él, y nada en el mundo me había hecho sentir mejor que eso.

Las cosas que aprendo cuando paseo con él son muy diferentes a las que aprendí con mamá, y, por alguna razón, las considero mucho más útiles que todo aquel manual de supervivencia en el revoltijo.

Poco a poco, empecé a comprender algunas de las palabras que la gente como papá y mamá utiliza para comunicarse entre sí y que, por alguna razón, también utilizan para comunicarse conmigo y otros como yo, aunque al principio no comprendamos los sonidos que salen de su boca sino las palabras que nos dicen con el cuerpo y con los ojos. Y ahora estoy seguro de que las palabras que dicen cuando me miran son cosas bonitas.

El otro día, paseando como siempre con papá, oí las palabras de alguien que me miraba y que, con una sonrisa embelesada en la cara, dijo: “es un héroe”.

No sé por qué, pero yo tenía entendido que para eso hacía falta llevar una capa.

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