Cristina Vázquez

Cuatro ventanas y el zureo de palomas. Cuatro ventanas que apenas iluminan el cuarto empapelado con gruesas líneas verdes y moradas. Las cuatro ventanas tienen cortinas pesadas.

Aunque la habitación da a dos calles, la luz es escasa. Un lado da a una empinada y silenciosa, por la que no pasa nadie y el otro, al muro también de piedra de un edificio sin ventanas, con algunos huecos donde se refugian a dormir las palomas empotrándose de cara y dejando la cola al aire, como abanicos emplumados que adornan la desierta pared. Al amanecer saltan a los alfeizares de nuestras ventanas, y aunque estén protegidas por pinchos de hierro con alturas variables, empiezan a zurear al primer rayo de sol. Henry no las oye, si se tumba sobre el oído izquierdo el silencio para él es total, aseguraba que era una bendición ser sordo de un oído. Eso decía, pero yo no lo creo.

Odio los pájaros y me despierto sobresaltada al oír tan cerca su extraño gorjeo ¿Y si saltaran la barrera de pinchos y entraran en el cuarto? Sería horrible los animales en vuelo raso tropezando con los muebles, la ropa, nuestras caras. Me meto en su estrecha cama.

—¿Duermes, Henry?

¡Qué tonta!, duerme y no oye, pero sacudir un poco, muy poco, la mole de su cuerpo grande y caliente me tranquiliza cuando se me pasan estos malos pensamientos por la cabeza, y otros peores, en los que me veo sujetando el dolor del mundo. O parte de él. Con el sueño ya tempranamente desvelado, esta habitación empieza a resultarme una prisión. Sí, nos retuvieron aquí sin vistas. La otra tarde me asomé a las del otro lado del pasillo y se abren a un valle verde, poblado de casas ocres entre pinos y cipreses, higueras y buganvillas y sube el esplendor fragante del verano con unos aleteos cálidos llenos de olores dulces.

—Madame, se ha equivocado de cuarto.

Y mientras la mujer uniformada me empuja con suavidad fuera de la habitación. Si nuestra estancia iba a ser larga, eran mejores las habitaciones dónde estábamos, declara convencida. El viento en el valle era muy fuerte en invierno, y la mujer uniformada me traspasa con su avinagrado gesto. Me enclaustré en el mío. Sólo medio metro separan el ardor y la plenitud abierta del valle con el muro cerrado de mi ventana. Sólo las palomas lo animan con sus emplumadas colas. Aunque también habrá palomas en las ventanas del valle, aunque no creo, porque aquí están a refugio del Mistral.

Es muy temprano aún y me refugio yo también, como las palomas, hundiendo mi cara en la espalda de mi marido. Me dejo llevar por su respiración y con los ojos cerrados no sé cuál de ellos es. No sé distinguirlos, aún creo que ese hombre que está de espaldas, si se girase, aparecería el robusto muchacho de pelo rizado y risa burlona que me llevaba en una moto pequeña, entre risas y gritos por unas inverosímiles curvas. Alguna vez, cuando le estaba esperando me sorprendía que el que se acercaba no era el distinguido hombre maduro, con sus rizos entrecanos y su andar aún elástico. Ahora me emociona verle dormir, en ese desvalimiento del sueño, el hombre apuesto y tranquilo ha ido perdiendo su apostura con los kilos, el pelo escaso, las mejillas demacradas y sus manos, ¡ah sus manos!, tan hábiles, tan veloces. Y en esa oscuridad de su espalda aun siento, como un picoteo, un eco lejano, el deseo que nos enlazó tantos años. Y el zureo de las palomas sigue, y me aprieto más contra él. A él le gustan las palomas.

Espero a que la luz se vaya entrometiendo entre las sombras rayadas de la pared. Es absurdo que intenten que parezca un hotel con estos colores ácidos y morados. Es estúpido. El sofá de terciopelo haciendo ángulo entre dos ventanas, con una mesa baja delante pretende dar un aspecto de saloncito al cuarto. Al menos puedo esconder la silla detrás cuando él se acuesta.

Se remueve en la cama, lento, pesado, mi querido Henry, cuánto esfuerzo te cuesta todo. Con un largo suspiro su mano útil busca la mía y se la lleva a la boca, un torpe beso húmedo de buenos días y la deja inerte, confiada, sobre mi pecho. Le gusta sentir mi palpitar, afirmaba siempre al despertarse. Ahora no lo dice, pero yo lo sé. La sujeto con mis dos manos igual que amorosas alas protectoras. Espero en silencio a que se despierte del todo y le susurro que tenemos que espabilar, sino se hará tarde para la rehabilitación.

Cristina Vázquez es miembro de la Asociación de Escritores de Madrid y del grupo Nuevo Akelarre Literario, actualmente con un libro editado, ¡pero pronto habrá más!

Fotografía original de Helen Fragua. ¡Gracias!

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