Angeles Carbajo

Maribel es la niña buena de calcetines blancos que se sienta a mi lado en la enorme escalera del edificio de pisos donde vivo. Yo en el noveno, ella en el segundo; yo saltarina, ella pausada, yo revoltosa, ella enormemente en calma.

Maribel está siempre en mi camino de la vida, como si el destino tuviera que ponerme un ángel camuflado de amiga para ayudarme a columpiarme en los sentimientos sin darme un batacazo.

Maribel era la madurez y yo lo contrario, era la prudencia, yo la aventura, era la sensatez y yo la locura.

Tenía la suerte de moverse en un mundo de «hermanos mayores» que para mí era desconocido y poco atractivo, pero que era muy didáctico.

Se movía entre amigas más mayores y más sensatas que, en la adolescencia, conversaban largamente mientras yo jugaba aún a cazar estrellas en las tardes calurosas del barrio.

A veces esas lecciones de mayores eran «imprudentemente» transmitidas a otras vecinitas más pequeñas y curiosas, por lo que teníamos que pagar un alto precio al volver a casa. Pero era una carga ligera en comparación con las risas que esto nos proporcionaba, y que nos sigue proporcionando en el recuerdo.

 

Sé que algo extraño y poderoso nos ha unido siempre, incluso en aquellos años de juventud donde solo sabíamos una de la otra por las conversaciones indiscretas de nuestras madres.

 

-No contestes, no vale la pena. No les digas nada. ¿No ves que te van a castigar?

A los cinco años, en aquella escuelita de monjas de Moratalaz, donde yo preguntaba curiosa (ellas lo entendían como desafiante) el porqué de tener que pegar nuestras manos, unidas para rezar , a la nariz y la boca.

-¿Es que si las separamos Dios nos oye menos?

 

No había pasado ni una semana de clases y ya estábamos así.

Entonces me llevaban a rastras a aquel cuarto, iluminado solo con algunas filas de luz que se filtraban por los agujeritos de la persiana, donde había un piano y una banqueta en la que me sentaba y daba vueltas en la oscuridad hasta la hora de irnos.

Sonaba la campana y volvía la luz, y con ella mi amiga Maribel con cara angelical, que me esperaba de nuevo en la puerta.

 

Ya entonces intentaba hacerme ver lo innecesario de luchar por luchar.

Pero supongo que era tan inexplicable ese gasto energético para ella, como lo era para mi madre comprender por qué «Maribel sale de la escuela peinada y tu traes estos pelos todos los días».

 

Una tarde llegó con la merienda en la mano mientras yo engullía la mía sentada en las escaleras del portal. Se sentó a mi lado:

-Mi abuela, que se ha muerto, está en aquella nube rosa, que es la más bonita del cielo.

-¿Como lo sabes?

-Me lo ha dicho mi madre.

 

Y ahí me quedé, en silencio, enrocada durante días pensando cómo aquello era posible. ¿cómo alguien que ha muerto sube a la nube? ¿cómo puede saber que está allí? …y si la suya es la más bonita ¿donde irá mi abuela cuando muera?.

¡Éramos tan niñas y tan inocentes!. Y yo la miraba embelesada mientras la veía ingerir la merienda mezclada con trozos de la pena de esos días, que parecía poder superar a la misma velocidad. Era admirable. Yo no sabía ser tan fuerte.

Lo único que saqué en claro es que era mejor que mi abuela no se muriese, de momento, aunque fuese después a una nube peor.

 

Todavía veo una nube inmensamente rosa y me acuerdo de Maribel.

 

Me fascinaban sus palabras sensatas y me siguieron fascinando hasta la adolescencia. A día de hoy son un bálsamo que cura miedos y te allana el camino los días de niebla intensa.

 

Pero en aquellos adolescentes días «coleccionábamos vivencias»: lecturas compartidas, experiencias con amigas, primeros amores, primeros versos escritos, innumerables los poemas aprendidos, las canciones transcritas una y otra vez en cuidadosos folios de colores.

Nuestras clases de lengua, cuando tocaba análisis de la prensa, se reducían a recortar las poesías de las últimas páginas y clasificarlas en una carpeta primorosa para leerlas mil veces fuera del aula. El pobre don Manuel vivió engañado nuestro interés por aquellos periódicos. ¡Pero cuántos sueños, cuántos momentos bonitos, cuántos amores muchas veces sin dueño!.

 

Y así, creciendo, cambiando de colegio, fuimos convirtiendo lo sencillo en complejo, las charlas de vecinas en filosofías de vida, los descubrimientos médicos en tesis a comprobar, lo paranormal en mágico y lo eterno en deseable.

Nuestro gusto por la psicología ya se cultivaba entonces, nuestra vocación de sumergirnos en la conducta del vecindario nos enseñó a transformar en compartido lo que nos angustiaba y en motivo de risas todo lo demás.

Porque lo que es cierto es que estábamos siempre envueltas en risas.

Aquellas fiestas increíbles, aquellos alumnos aplicados de los últimos cursos, aquel profesor Fontán y su forma peculiar de hacernos creer que sabíamos latín.

Aprendíamos mucho de todo: del colegio, de los amigos, de las noticias, de los libros, de la vida en definitiva.

 

Por eso, por haber aprendido tanto de la vida, es difícil perdonar que la misma vida te dé un zarpazo como el que le dio a ella años después.

 

Aquel chico bueno, que pintaba cuadros, que sonreía con mesura, que estaba siempre atento a ella, con el que fundó una familia y construyó carreteras de futuro, pasó antes de tiempo a balancearse en lo eterno, a mostrarle cada día nubes rosas en el crepúsculo y mandarle mensajes de amor desde las estrellas.

 

Ella no lo sabe, o yo me engaño creyendo que ella no lo sabe, pero está enormemente mimada.

Puede que ella no lo sepa, pero el viento en primavera le trenza guirnaldas de recuerdos y besos en el pelo.

Es posible que lo sepa, porque cuando duerme alguien echa sobre ella una manta de sueños rotos con sabor a fresa, que a veces, se convierte en azúcar en su boca cuando sueña.

Por todo eso, ella sigue siendo buena.

 

Yo creo que colecciona en un cajón recuerdos que nadie sabe, que los enlaza en cadenetas invisibles para que no se pierdan, para que podamos reírnos algún día si nos olvidamos. Con una sonrisa de ángel sin estar en el cielo y unos ojos de sirena sin tocar la espuma de la marea, sigue su camino de la vida recogiendo, para las dos, caracolas y estrellas.

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