Chiqui Lorenzo

Bueno, la verdad es que me dolía todo el cuerpo, para qué nos vamos a engañar. La pelea había sido de las buenas, de las que me gustan, pero cobrar, lo que se dice cobrar, había cobrado bien. Y ya sabes: si después de los cuarenta te levantas y no te duele nada, es que te has muerto. Así que me ahorré el trámite de mirarme en el espejo y despegué como pude el cuerpo del asqueroso eskai del sofá mientras la megafonía ladraba mi nombre una vez y otra vez. La antesala del Infierno, pensé vagamente mientras me dirigía al despacho del Jefe.

Como siempre, él y su carlino babeante me miraron con ojos carentes de todo afecto. La experiencia me decía que estaba dudando el cabrón entre la reprimenda o el tono paternalista que tanto me jorobaba. Se decidió por lo segundo, mirando el excel con falsa atención.

Bueno, bueno… —empezó—. Parece que las ratios de productividad están bajando…

Lo dijo así como si esperase que yo dijera algo. Naturalmente, me callé. Eso ya lo sabía él.

—Ya sé que el mercado está saturado y que la cosa se complica, hija —señaló, benevolente—. Pero de ahí a liarte a hostias con la competencia…

—No sabes cómo está el patio —le dije, tanteándome los dientes con la lengua por si se me caía alguno—. Si es que ya van provocando. Me han llamado de todo. Joer, si hasta me llamaron engendro del diablo. Y tú sabes que no soy un engendro del diablo.

—Mejos nos iría si lo fueses —masculló—. Bueno, pase por esta vez, pero que no se repita. Ahí tienes la lista. Hay gente importante, así que te maquillas esa cara, que estás hecha un cristo. Y quítate esa chupa de cuero, por Dios, antes de que se vaya ella sola andando al basurero.

La impresora escupió tres folios hacia mí como si le diese asco tocarme. Los cogí. Dos o tres diputados de medio pelo. Escritores con ínfulas. Semifamosas con más silicona que letras. Niñatos, hackers y otra fauna con menos sesos que la mosca del vinagre. Gente que no sólo vendería su alma al diablo, sino que pagaría porque alguien se interesase en ella. Trabajos de novato con comisiones de novato. Vale, esas tenemos. Pues ya lo tenía pensado. Hice una bola con los tres folios y se la tiré al carlino.

—Te voy a decir una cosa —empecé, encendiéndome un ducados—. Me largo.

—Muy bien, listilla. ¿Y qué vas a hacer ahora, si se puede saber? ¿Pasarte a  vodafone?

—Voy a hacer lo que he hecho siempre. Conozco el negocio mejor que tú. Desde dentro. Te conozco a ti y a la competencia y al cliente. Sé lo que funciona y lo que no. Soy endemoniadamente buena, y tú lo sabes.

Él se retrepó en el asiento, estiró las alas negras como la noche y colocó las pezuñas sobre la mesa. Falsamente tranquilo, mientras el carlino miraba los folios con cara de haba.

—Vale, vale. ¿Y qué les vas a ofrecer, si no es molestia…?

—De entrada tengo un pack mixto: fama, dinero, sexo, poder… y además la vida eterna en un paraíso.

—¿Y cómo vas a cumplir las promesas? —rió, con esa risa fría suya tan amenazante como falsa.

—No seas imbécil —le dije—. Nadie cumple las promesas. Pero es que además les ofrezo veinte mil seguidores en instagram y diez mil me gusta en facebook. Y un iphone de regalo.

Ahí le di. Le tiré la colilla al carlino mientras el Jefe me miraba con cara de espanto. Me levanté crujiendo la espalda y me largué.

Aún no se habían cerrado del todo las puertas del Infierno cuando ya le oía gritar:

—¡Oye, no te vayas! ¡Explícame eso del instagram…!

Así que ahora estoy de autónoma.

Y tú, ¿tienes un alma…?

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