José Carlos Peña Gª del Pozo

Cuando Marga se marchó sin avisar ni despedirse, dejó abandonadas algunas pertenencias en casa de Félix: dos blusas, un libro, un viejo teléfono móvil y una gorra de cuadros que él le había regalado la tarde que se conocieron. Dejó también una carta muy larga que él prefirió no leer, imaginando de antemano la retahíla de recriminaciones con las que ella justificaba su decisión de romper.

La suya había sido una relación tan corta como inesperada, poco más que el efímero encuentro de dos almas solitarias, que alivió durante unos meses la monótona vida de solterón insociable que Félix solía llevar, y que a punto estuvo de conseguir que terminara haciéndose ilusiones.

Él intentó asumir con entereza aquel nuevo fracaso sentimental, y le hubiera resultado más fácil conseguirlo si una noche, a altas horas de la madrugada, el viejo teléfono móvil de Marga no hubiera cobrado vida de repente, sobresaltándolo con su estrepitosa melodía.

Rebuscó medio dormido en el cajón donde había guardado las cosas de ella, pulsó la tecla de color verde y escuchó sorprendido la voz de un hombre que hablaba en tono inquietante. Pocos segundos después la batería del teléfono se agotó y Félix se quedó sumido en el desconcierto, insomne ya para el resto de la noche.

Conectó un cargador y situó el aparato muy cerca de él, junto a la cama; y las luces del amanecer lo sorprendieron todavía despierto, esperando inútilmente que volviera a sonar, y formulándose mil preguntas para las que no encontraba respuesta.

Dos noches después, casi a la misma hora, el viejo teléfono móvil cobró vida otra vez y, ahora sí, Félix dedicó largos minutos a escuchar la monótona verborrea de aquel tipo que parecía conocer muy bien a Marga, y que mezclaba sus desesperados lamentos con amenazas, los halagos con insultos y los recuerdos de una vida pasada con el deseo de otra mejor, juntos de nuevo los dos.

Cuando se cansó de escuchar, abrumado por un remolino de sentimientos contradictorios que no sabía cómo interpretar, Félix pulsó la tecla roja y se quedó mirando al techo con los ojos muy abiertos, consciente de que le esperaba otra larga noche de insomnio.

Con el tiempo, aquello comenzó a convertirse en una rutina insoportable. Muchas veces, en medio de la noche, el teléfono sonaba y Félix dedicaba un buen rato a escuchar las confusas admoniciones de aquel hombre a quien imaginaba, como él mismo, insomne y con el corazón partido por la ausencia de Marga. Podría haberse deshecho definitivamente del teléfono móvil, tirándolo a la basura, por ejemplo, pero había algo en la voz y en las palabras que sonaban al otro lado de la línea que lo inquietaban. Algo como un mensaje oculto, como una amenaza que parecía encontrarse cada noche más cerca.

—Ahora ya sé dónde estás ­dijo aquel hombre la última vez– y ya no podrás escapar de mí.

Félix pulsó de inmediato la tecla roja y notó que el miedo se extendía por su cuerpo como el contacto viscoso y desagradable de un gusano sobre su piel. Fue entonces cuando encontró el valor suficiente para rebuscar entre las cosas de Marga y decidirse a leer la carta que ella le había dejado.

En contra de lo que esperaba no había ningún reproche en sus palabras, sino una larga y desconsolada despedida con abundantes referencias a una relación anterior, marcada por el miedo y la tristeza.

“Mi marido me ha encontrado de nuevo –decía— y no tengo más remedio que huir. Cuídate de él, es un hombre muy peligroso” —y luego, añadía al final—: “cuando todo esto termine volveré a por mi gorra de cuadros”.

José Carlos Peña García del Pozo es miembro de la Asociación de Escritores de Madrid y tiene dos novelas publicadas: Kilwa y El coto privado.

Photo by freestocks.org on Unsplash

 

Otros relatos:

0 0 0 0